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Situación de bolsas y mercados. El pensamiento mágico en bolsa. Un sesgo psicológico dañino que podemos tener sin darnos cuenta

Vean esta cita de la Wikipedia:

El pensamiento mágico o conocimiento mágico consiste en una forma de pensar y razonar, basada en supuestos informales, erróneos o no justificados y, frecuentemente, sobrenaturales, que genera opiniones o ideas carentes de fundamentación empírica robusta. Básicamente consiste en atribuir un efecto a un suceso determinado, sin existir una relación de causa-efecto comprobable entre ellos. Esto es, por ejemplo, lo que sucede con la superstición y diversas creencias populares.

En un sentido más técnico se puede describir como una forma de razonamiento que consiste en utilizar la lógica de las operaciones mentales sobre la realidad externa para explicar el funcionamiento de esta última. De esa manera el pensamiento mágico proyecta las propiedades de la experiencia psicológica (finalidad o intención, por ejemplo) sobre la realidad biológica o inerte. También puede considerarse pensamiento mágico a la transferencia de conceptos derivados de la observación biológica a la forma en que opera la naturaleza inanimada.1

La consecuencia es que el sujeto (o el grupo social) atribuye relaciones causales entre acciones y eventos no conectados entre sí, y que el consenso científico no acepta como válida

Vamos a definirlo bien y a enlazarlo con el mundo de las finanzas,  recordando una amplia cita de otro de los libros que editamos en su momento, traducido del francés, en la editorial de libros de trading que teníamos en funcionamiento y que personalmente me gustaba mucho.

Comportamientos bursátiles.

6 errores psicológicos que cuestan caro

Autor: Mickaël Mangot

Esta es la cita:

El pensamiento mágico es un tipo de razonamiento más analógico que lógico. Se trata de relacionar  dos acontecimientos independientes entre sí. El pensamiento mágico parece ser un rasgo común de todos los seres. Por ejemplo, Skinner (1948) lo descubrió con las palomas, a través de una experiencia famosa. Alimentando palomas hambrientas, se dio cuenta de que éstas, reproducían el comportamiento que habían tenido antes de la primera comida... cuando ésta no había sido condicionada. Una paloma daba frenéticamente tres vueltas en la jaula, en sentido contrario de las agujas de un reloj; otra metía la cabeza en uno de los rincones de la jaula; la tercera fingía apoyarse en un barrote invisible, etc.

Respecto a los humanos, solemos encontrar estos comportamientos en las sociedades arcaicas. Por ejemplo, en su estudio sobre los Azande (una tribu del norte de la República Democrática del Congo), el etnólogo Evans-Pritchard cuenta que la población insistía en que el derrumbamiento del techo de una chabola sobre su propietario, se debía a un maleficio causado por otro miembro de la comunidad. Cuando se les da la explicación científica del fenómeno- que las termitas habían apolillado las vigas de apoyo- , no la rechazan pero tampoco tardan en añadir que el simple hecho de que el techo se cayera, estando el propietario dentro de su chabola, basta para demostrar la existencia de un maleficio...

La tendencia a inventarse sus propias explicaciones no se limita sólo a las sociedades primitivas. El pensamiento mágico también está presente en las sociedades desarrolladas y abiertas al progreso científico y técnico, es decir en todas partes. Una amplia variedad de comportamientos económicos están generados de manera tan arbitraria como los comportamientos de las palomas de Skinner y los estudiados por Azande. Por ejemplo, los dirigentes de empresa suelen reiterar las decisiones de gestión que han precedido una progresión de las ventas, aunque ésta tenga lugar en un mercado en crecimiento. En Bolsa, las ideas preconcebidas pueden contribuir  a enraizar  fenómenos, que de otro modo, no tendrían ninguna importancia. Por ejemplo, cuando los medios de comunicación no paran de decir que unos buenos indicadores económicos podrían hacer que la Reserva Federal de EEUU subiese sus tipos directores, y que esto debería pesar en la tendencia de los mercados. No me sorprende que los inversores vendan cuando un indicador es superior a lo que todos esperaban, y que la tendencia del mercado sea, al fin y al cabo, bajista. ¡Cuestión que refuerza la creencia en la idea preconcebida! No obstante, ¿quién dice que unos buenos indicadores económicos son un inconveniente para las acciones? ¡Al contrario! Todo depende de los criterios en los que se centra la atención de los analistas: ¿el coste de la deuda o los resultados económicos? En los períodos en los que esta atención se centra más en los fundamentales económicos, un buen dato será bien recibida y así será considerado por los medios. Y así seguirá hasta que llegue el próximo desplazamiento de la atención colectiva...

Del mismo modo, el pensamiento mágico parece ser un factor muy importante en la eficacia del análisis técnico. Cuanto más crean los inversores en el análisis técnico, más se  cumplen efectivamente  sus predicciones. Y cuanto más se cumplan, más se inclinarán los inversores a creer en ello.

De forma algo diferente al  pensamiento mágico,  el pensamiento casi-mágico  describe las situaciones en las que los individuos actúan como si creyeran, sin tener razón, que sus actos influyen en los acontecimientos, pero siendo conscientes sin embargo de que no es el caso. De ese modo, Langer (1975) demostró que la gente está más dispuesta a apostar a cara o cruz cuando la apuesta se hace antes,  que después del lanzamiento. ¡Cómo si pensaran poder influenciar el lanzamiento antes de que se hiciese! Respecto a la Bolsa, Shefrin y Statman (1985) relacionan el pensamiento casi mágico con el efecto de disposición. Parece ser que los inversores guardan sus títulos perdedores esperando que su tenacidad y fidelidad sea justamente premiada.

Consecuencias prácticas:

  • Creemos en normas no escritas, no demostradas, simplemente porque han dado resultado en un pasado reciente (¡porque precisamente creemos en ellas!). Pero hechos reales  pueden contradecirlas muy rápidamente.
  • Podemos conformarnos con un «código moral» personal y totalmente arbitrario aplicable a nuestras propias decisiones de inversión, con la esperanza de ser recompensados. Por ejemplo, se pueden comprar los títulos de la antigua flor y nata de la industria, para luchar contra la “desindustrialización”, mantenerse al margen de empresas socialmente irresponsables, negarse a vender títulos que han sido masacrados por el mercado, etc.